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La intensión de este trabajo es observar y comparar a la Guadalajara de "Ayer y Hoy" y mostrar como la ciudad se ha transformado. Cómo de ser una ciudad provinciana se ha convertido en una urbe en el que desaparecieron barrios y edificios de gran belleza. Es únicamente una muestra de lo que no nos tocó vivir, y para que los jóvenes de hoy conozcan, cuando menos en fotografía, algunas escenas de lo que nostalgicamente algunos recordamos de la tranquilidad de sus barrios de mediados del siglo XX.

viernes, 31 de mayo de 2013

EL PALACIO DE MEDRANO



Hace unos 70 años, se levantaba un edificio entre, las actuales calles de Medrano y la Calzada Independencia sur, era un inmenso caserón que cuando fue construido, quedaba a la orilla oriental del río San Juan de Dios; en ese tiempo estaba retirado de la ciudad y también ahí terminaba el pueblo de Analco. Cristóbal de Oñate mandó construir esta casa, fuerte mansión "para vivir en esta ciudad, era de altos y bajos"; pero Oñate murió en Zacatecas en 1567 y quedó este palacio sin habitar y en completo abandono.

E. Brun V., nos dice que: "El palacio sin ninguno de sus poseedores, pasó a ser albergue donde fungieron los togados, que entraron a él en 1575, sirviendo al igual desde entonces, como casa habitación de la suprema autoridad neogallega, que lo era el Presidente de la Audiencia, quien al mismo tiempo usaba y servía siempre el cargo de Gobernador de Nueva Galicia".

En 1588, se casaron Nuño Núñez de Villavicencio y María de Lomas, pero como Nuño era Oidor en Audiencia requerían sus nupcias un permiso real, éste se casó sin importarle el permiso y el gobierno español le ordenó el destierro; en 1589, al acercarse el ejército a esta ciudad, esta casa sirvió de fortaleza a los habitantes de Analco, al paso del tiempo fue desterrado Villavicencio.

Esta casona era "inmensa en su mole, triste en su aspecto, desafiante por su macices, simulacro y recuerdo de las antiguas construcciones tapatías; de anchos muros, corredores aplastados, vigas de madera, techos encajonados, ventanas apretadas, patio empedrado y pozo colonial, lo que todo le daba cierto dejo de pavor, de misterio y de abandono". Pues resulta que este Palacio de Oñate, Palacio de Medrano o Palacio de la Ahorcada (dele el nombre que usted quiera), sucedió una tragedia que dio motivo a una historia y tradición a esta ciudad tapatía. Al comenzar el siglo XVII murió Santiago de Vera, quien gobernaba a la Nueva Galicia, en estos casos estaba previsto que mientras llegaba el nuevo nombramiento de España, se escogiera un gobernador local, "o bien, arribada éste trayendo asido dicho título para sí, debía ocupar el puesto de Oidor Decano.

En esta ocasión, le tocó ser Oidor Decano de la Audiencia del Nuevo Reino de la Galicia, este señor quiso ser monje pero no lo logró, pasó el tiempo y se casó con Beatríz; ya para 1608 habitaba la casona de Oñate; tuvieron varios hijos, pero en esta historia sólo nos interesarán Diego y Ana. Ana era una niña muy bella y cuando cumplió sus once años, se fugó de su casa y se refugió en el convento de Santa María de Gracia; ahí pasó su pubertad y su preparación, tranquila y feliz. Pasados ocho años, su padre la sacó del convento (ya que no la quería religiosa) porque la quería casar con el joven Pedro de Salcedo, así que "al cabo de un año ya la tenía casada con un mancebo noble y rico, el cual le dio muchas joyas y prendas.

Hízose una boda con gran solemnidad y aparato, con regocijos de máscaras y de toros, así por la calidad del esposo como por la autoridad de los padres, y por las amables prendas de la novia". Para la pobre de Ana este fue un golpe tremendo, pues imagínense ustedes, ella quería seguir con su vocación de religiosa y la casan por la fuerza; pobrecilla, quedó loca, se le veía angustiada caminando muy triste por esos oscuros corredores, tétricas alcobas y desolados patios, la chispa de sus ojos se había perdido y sólo se escuchaban los lamentos y lloriqueos de ella.
Se le oía a menudo gritar:


"¡Ay de ti que dejaste a Dios por un hombre!
"¿Qué se hicieron tantos años de monasterio?
"¿En qué pararon tantas mercedes divinas?
""Todo acabó, condenada estás!".


Al paso de tiempo, su cerebro casi estallaba por sus delirios, sus enojos y por ese sabor amargo de su desventura, así que un buen día ya muy desesperada, ingirió solimán (sublimato corrosivo) y cayó al suelo abrasándose el abdomen y le gritó a su madre quien fue a su auxilio; después de un eficiente remedio, la libraron de la muerte que ella tanto deseaba.

A los varios días, intentó arrojarse por una ventana, pero sus hermanitas que por ahí jugaban, la sujetaron a tiempo evitando que Ana cayera. De nuevo intentó desplomarse de un balcón y su padre ágilmente trató de salvarla, pero Ana, tan confusa y perturbada, no lo reconoció y le hizo "dar tan despiadada y mortal caída, que a poco más ahí mismo lo deja listo para la sepultura".

Al ruido y alboroto que ocasionó esto, los familiares y servidumbre corrieron a ver qué pasaba, así que cargaron con el Oidor y a Ana la encerraron en una alcoba. Dejemos un momento a la señora Ana y su moribundo padre, y veamos a Diego, el otro hijo de esta pareja: Diego era un joven muy alegre, "divertido genio, gallardo brío, gentil compostura, bullicioso y valentón, y de libre y disipada lengua, por lo que dio muchos desazones a sus padres... y tenía a muchos ofendidos".

Diego fue novicio de Santo Domingo en el convento de la ciudad de México, hasta que logró ser sacerdote. Un día de esos, venía Diego de cierto casorio que se había celebrado cerca de la casa de sus padres, montando en su brioso caballo, pronto dejó atrás al indio que lo acompañaba y le servía de mozo; cual fue la sorpresa del indio al encontrar a su amo muerto en el riachuelo de San Juan de Dios; lo extraño era que el arroyo tenía poca agua, ¿acaso fue matado por venganza de sus muchos enemigos? ¿Fue muerte natural? ¿Jugarretas del destino? Enterraron a Diego en algún pueblo vecino, posiblemente Analco.

Al pasar la tragedia de su hijo, se agravó el estado de Francisco, los médico le dijeron que ya "la vida se le iba", así que "dispuso sus cosas y mandó se trasladase el cuerpo de su hijo, del pueblo donde había sido enterrado, al mismo sepulcro que al suyo se le diese". Mientras que doña Beatriz atendía a su moribundo esposo, Ana aprovechó que no la cuidaban y se ahorcó; cuando su madre la encontró en ese estado tan terrible sintió desmayar, la amortajaron en secreto, la vistieron con un hábito de San Francisco y le dijeron a los sacerdotes que había muerto súbitamente, así que la enteraron en San Francisco esa misma tarde.

A las pocas horas después expiró su padre y a la mañana siguiente lo enterraron en la misma sepultura de Ana, y con ellos el cuerpo de Diego; Navarrete en su "Compendio de la Historia de Jalisco", nos dice que: "Este triste acontecimiento causó pavorosa sensación entre los vecinos de la ciudad y se esparció el rumor de que los tres muertos se aparecían en las noches, paseándose por el palacio, por las orillas del río y por el centro de la ciudad...". Cosa que hizo que muchos horrorizados vecinos huyeran a otros barrios de Guadalajara.

Remodeló este edificio el oidor Francisco de Medrano en 1740, la gente bautizó ahora a esta casona como el Palacio de Medrano; en 1750, se comenzaron a celebrar las audiencias en el sitio del actual Palacio de Gobierno y el Palacio de Oñate comenzó hacia su ruina. Al tiempo se reparó y sirvió de mesón, pasaron los años y se convirtió en vecindad (también como cuartel). En 1918, se dividió esta vieja finca en predios y en 1931, por los meses de julio y agosto, este edificio se destruyó, desapareciendo así el más antiguo de los monumentos históricos de esta ciudad, el Palacio de Oñate, Palacio de Medrano o Palacio de la Ahorcada. Actualmente este terreno está ocupado por la Arena Coliseo.

Texto: Guadalajara.Net

martes, 14 de mayo de 2013

SAN SEBASTIAN DE ANALCO


San Sebastián de Analco

La primera referencia histórica de San Sebastián data de 1560, nos la da Alberto Santoscoy: "El 10 de diciembre de 1560 se notaba inusitado movimiento en la ciudad de Guadalajara de Indias, perteneciente al Reino de la Nueva Galicia.
La multitud se encaminaba con premura al oeste de la población, dejando a su derecha la Ermita de San Sebastián, para ir al encuentro de los oidores, alcaldes mayores que venían a instalar la Audiencia Real".

El templo era de construcción sencilla, de adobe, techos de zacate y tenía una imagen de San Sebastián mártir, de la que se dice que sudó sangre un Miércoles de Ceniza. Al paso del tiempo la ermita se agrandó sucesivamente hasta formar una nave central con dos capillas laterales que cruzan al centro; casi toda la construcción es de la segunda mitad del siglo XVII. Al lado derecho de la portada central del templo, se encuentra una placa conmemorativa que dice:

"AQUI ESTUVO LA ERMITA DE SAN SEBASTIAN MARTIR
HASTA LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVII EN QUE DIO PRINCIPIO LA CONSTRUCCION ACTUAL".

 
Se cree que la ampliación del templo fue a partir de 1696.

ESTACION DEL FERROCARRIL DE CHAPALA

 
 
Subir al pulman y viajar en primera clase, atendido como en el mejor de los hoteles del mundo era una aspiración para pocos accesible aunque para algunos cotidiana, entre ellos Don Porfirio Díaz, para quien un viaje recurrente era visitar Chapala por tren y a veces desviarse a la hacienda de Atequiza, donde siempre fue un invitado de honor.
La estación de trenes de Chapala respondía cabalmente a los lujos y al estilo afrancesado que en la época eran la última moda entre los pudientes. Viajar a Chapala entre sofás de terciopelo y encortinados de brocado, escuchando la música de moda en París, para llegar a la lejana Chapala y hospedarse en el exclusivo Hotel Nido era muy “chic” entre los recién casados tapatíos de aquel entonces.
 
Fue comenzada a construir en 1917 bajo las órdenes del noruego Christian Schjetnan con un diseño ecléctico afrancesado de su vecino y amigo, el Arquitecto Guillermo de Alba. Ambos siempre soñaron en un futuro brillante para la villa de Chapala y lo reflejaron en el edificio que en sus inicios pareció ser demasiado grande y ostentoso para el tamaño de la Chapala de aquel entonces. La estación fue terminada en 1920, comenzando a dar servicio diario a Guadalajara el 8 de abril.

Con dos máquinas, tres carros de primera y tres de segunda, la Compañía de Fomento de Chapala, S.A., echa a andar lo que parecía ser el principio de una época de esplendor para esta villa ribereña. De Alba ya había mostrado que lo aprendido en Escuela de Arquitectura de Chicago lo colocaba a la vanguardia de las tendencias del diseño arquitectónico del momento al construir su casa chapalense conocida como “Mi Pullman” y que era una obra de arte frente al lago que data de 1906 y aún permanece.

Sólo seis años duró el sueño de Schjetnan y De Alba, ya que con la crecida del lago y la cercanía de la obra con este, en 1925 sufrió una severa inundación, que detuvo las actividades de la estación por un tiempo, hasta que en 1926 llegó a ser insostenible y cerró sus puertas, terminando así la época del primer y único ferrocarril de Guadalajara a Chapala, que se vio desplazada por la carretera y las facilidades de transporte motorizado particular.

Sin embargo, como testigo de aquel sueño y sus dimensiones quedó este edificio que parece una máquina del tiempo que nos transporta al entrar en ella. Es una visita obligada para quien viaja a Chapala, ahora fungiendo como Centro Cultural González Gallo. El inmueble fue nombrado así en honor de quien fuera propietario de la finca, que después quedó abandonada e invadida. Afortunadamente sus descendientes tuvieron el acierto de recuperarla y entregarla al pueblo jalisciense para hoy ser un sitio dedicado a la cultura y la historia bajo la dirección del INAH.

Al recorrer sus pasillos parece escucharse el pitido del tren que se aproxima, el chorro a presión de su locomotora; parece que se ven caminar las encopetadas señoras a través de sus jardines, con decenas de baúles cargadas por indios en sus “diablitos”, que aún se conservan en la terraza, pero todo es un sueño, como lo es la estación misma y como lo fue esa época dorada de nuestra historia.

Fotos y Texto: Revista Buen Viaje
 
 
 
 
 
 


ANTIGUO HOSPITAL AMERICANO



EL SANTUARIO


Parroquia del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe

Se colocó la primera piedra el 7 de enero de 1777 para concluirse el 7 de enero de 1781. Edificación promovida por el Señor Obispo Fray Antonio Alcalde. De estilo churrigueresco, cubierta de cantera amarilla de Huentitán. La única área en donde encontramos ornamentación es en la portada la cual es sencilla y elegante con sus dos cuerpos; el primero flanqueado por pilastras almohadillas y en el segundo cuerpo está la ventana coral al centro. Remata el edificio con dos espadañas a manera de torre cuyo segundo cuerpo emata en pequeñas almenas. En el interior es de estilo clásico, resaltando las pinturas de muros y columna que imitan al mármol. En su interior sobresalen sus dorados altares de tendencia neoclásica; 28 oleos con temas de la Virgen Maria, de los evangelistas y de los sumos pontífices se encuentran enmarcados en altos relieves unos en forma oval y otros en forma rectangular; así como dos órganos, uno de ellos tubular y monumental. La imágen de nuestra Señora de Guadalupe se encuentra en el altar principal, pintura que data de 1779 realizada por Don José de Alcíbar, coronada con una riquísima corona de oro.

Vive Guadalajara.

viernes, 3 de mayo de 2013

PALACIO DEL ARZOBISPADO HOY AYUNTAMIENTO DE GUADALAJARA

 
 
El clero tuvo posesión de este inmueble hasta 1860 cuando lo ocupó el Ejército Liberal, después el gobernador y comandante militar del Estado, general Pedro Ogazón puso en vigor la Ley de Nacionalización de Bienes Eclesiásticos expedida el 12 y 13 de julio de 1859, y en virtud de ésta, pasó el edificio a ser propiedad de la nación. En 1863, durante el gobierno del general José María Arteaga, estuvieron sus oficinas en este Arzobispado, pero con motivo de la aproximación del ejército francés (enero 1864), volvió a ser ocupado el edificio por el clero. Después de muchos problemas, son expulsados en julio de 1914 a la entrada de los revolucionarios a la ciudad al mando del general Alvaro Obregón y el inmueble pasó a las nuevas oficinas del Ayuntamiento.

A finales de los 40 y principios de los 50 fue el inicio de la gran transformación urbana en el centro de nuestra leal ciudad, las obras proyectadas estuvieron a cargo del gobierno del Estado y del Ayuntamiento; estas obras incluían la construcción de un nuevo Palacio Municipal, la Plaza de los Laureles (hoy llamada Guadalajara), la Rotonda de los Hombres Ilustres, los desaparecidos pasajes en la avenida Juárez, la ampliación de calles, avenidas y calzadas, principalmente, la avenida Juárez, 16 de Septiembre y Alcalde, entre otras. Para la erección del nuevo Palacio Municipal, se adquirió el predio que ocupaba el Palacio del Arzobispado, el cual fue afectado en su mayor parte por la ampliación de la avenida Alcalde. El 29 de junio de 1943, el Presidente Manuel Avila Camacho ordenó a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público la enajenación en favor del gobierno del Estado de Jalisco, del predio conocido como ex-arzobispado, para ser destinado a la construcción de un edificio para el ayuntamiento. Así que el 23 de agosto de 1948, comenzaron los trabajos de demolición de dicho edificio y concluyeron el 12 de octubre del mismo año; trabajos a cargo del ingeniero Felipe de Jesús Arregui Zepeda.

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